12 Jan 294: Lectura del primer capítulo de SANA
Hoy no te quiero hablar desde una enseñanza común, hoy lo hago como desde un momento que lo siento hasta histórico y un momento profundamente personal para mí y estoy convencida de que también va a ser muy personal para muchas de ustedes. Este episodio es muy especial porque por primera vez voy a hacer una lectura de uno de mis libros y en esta ocasión quiero leerte el primer capítulo de mi nuevo libro “SANA”.
Lo que no sana se repite y te enseña también a afrontar tu dolor con fe y con claridad. Esto no va a ser cualquier lectura; es solamente el capítulo 1 que voy a leer para ustedes; es ese punto de partida que es donde está la raíz de todo lo que compartimos en el libro, porque este primer capítulo no está escrito para informar; en realidad está escrito para confrontar con amor, para poner nombre a esos ciclos invisibles, a esos patrones que se repiten, a esas heridas que muchas mujeres han aprendido a normalizar e incluso en su vida espiritual.
¿Por qué este capítulo es tan importante? Porque antes de sanar hay que reconocer, antes de transformar hay que ver con claridad y antes de avanzar hay que entender desde dónde estamos viviendo. La lectura de este libro nunca va a reemplazar la experiencia de leer el libro completo, pero inaugura esa experiencia, es la puerta, no es la casa completa, pero es esa puerta, ese espejo. De hecho, quiero mencionarte que mañana martes 13 de enero es el lanzamiento oficial de este libro SANA y, por primera vez en español, está haciendo un lanzamiento mundial, ¿qué quiere decir?, que este libro va a estar disponible mañana en las librerías cristianas y seculares de Puerto Rico, en las librerías cristianas, en toda Latinoamérica, en España y en todos los Estados Unidos.
Muchas de ustedes se adelantaron y lo ordenaron por Amazon; de hecho, entregó antes de tiempo y muchas de ustedes lo tienen en sus manos y otras, la gran mayoría, lo va a recibir justo mañana. Esas primeras que ordenaron la semana pasada, tengo que decirte que Amazon se comprometió con tenerlo mañana en tu casa; puede ser que recibas esa gran sorpresa.
El escrito de este libro en este momento, luego de la serie Mujer que comencé en el año 2018 y que tuvo tanto éxito y que vendió tantos miles de copias en el mundo entero, pues tengo que decirte que este libro no es casualidad, un libro que Dios puso en mi corazón, y este libro llega para aquellas mujeres que ya no quieren repetir, pero tampoco saben exactamente cómo detener los ciclos que las han dejado atadas.
¿Te has preguntado alguna vez por qué lo que no sana se repite? ¿Sabías tú que no todo lo que sientes comenzó contigo? ¿Me creerías si te dijera que hay marcas emocionales que pueden haberse originado incluso antes de que aprendiéramos a hablar en los primeros años de la vida? ¿Te has preguntado alguna vez por qué hay una verdad silenciosa que la ciencia y la palabra de Dios no contradicen ¿Sabías tú que lo que no recuerdas igual te condiciona y es una de las verdades más difíciles de aceptar?
¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas preguntas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas, en la caja de comentario.
Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
Quiero leerle ese primer capítulo del libro SANA. Este libro está dividido en 5 partes diferentes y el capítulo 1 es parte de la parte número 1 que se titula: Lo que escondiste te controla. Hay una pequeña introducción de esa parte del libro, pero iré al capítulo 1 que dice de la siguiente manera.
TU HISTORIA EMOCIONAL COMIENZA ANTES DE QUE PUEDAS RECORDARLA.
Salmos 139:16 “Mi embrión vio tus ojos”. Hay dolores que no tienen nombre, vacíos que no podemos explicar, reacciones que nos sorprenden e incluso a nosotras mismas, un sobresalto a una voz alzada, una ansiedad silenciosa antes de tomar decisiones o una tristeza que aparece sin permiso y sin contexto. Nos preguntamos: ¿por qué?
Siempre tratamos de encontrar la causa en lo visible, en lo reciente, pero lo que muchas veces olvidamos porque nunca lo supimos es que nuestra historia emocional no comienza en el momento en el que recordamos, sino mucho antes. Imagina por un momento una casa, una casa hermosa con ventanas amplias, una estructura sólida, espacios que tú misma has decorado con esmero y amor, pero cada vez que caminas por los pasillos principales, hay una ligera inclinación en el piso, apenas perceptible, pero incómoda.
Un día una grieta aparece en la pared; no importa cuánto la repares, vuelve a abrirse. Llamas a expertos, haces ajustes, pintas de nuevo, pero el problema persiste hasta que un arquitecto decide ir más profundo, levanta las losas que resisten el suelo, revisa los cimientos y descubre que toda la casa fue construida sobre planos defectuosos, planos que nadie revisó, planos antiguos, trazados por otras manos en otro tiempo, y esa base, aunque invisible, es la que está generando todo el desbalance que hoy vives en tu presente.
No todo lo que sientes comenzó contigo; muchas de las emociones que sentimos y que parecen controlar nuestra vida diaria, así como muchos de los conflictos internos que atribuimos a nuestra personalidad o carácter, en realidad tienen un origen más profundo y antiguo. Lo que consideramos parte de nuestro carácter o asuntos de personalidad no siempre se formó conscientemente, sino que son heridas emocionales que comenzaron a desarrollarse en etapas muy tempranas de nuestras existencias.
Estas marcas emocionales pueden haberse originado incluso antes de que aprendiéramos a hablar en los primeros años de la vida o, sorprendentemente, dentro del vientre materno antes de nacer. Esto significa que algunas reacciones, miedos que experimentamos, no son simplemente el resultado de decisiones conscientes o experiencias recientes, sino que pueden estar profundamente ligadas a impresiones y vivencias tempranas que quedaron grabadas en nuestro ser antes que tuviéramos palabras para nombrarlas en los primeros años de vida o incluso antes de nacer.
Por eso luchamos con patrones de conductas que no entendemos del todo, por qué su origen está en un pasado tan remoto que escapa a nuestra memoria consciente, pero no a la memoria emocional de nuestro cuerpo y alma.
El propósito de mirar a nuestro pasado emocional no es encontrar culpables ni repartir responsabilidades sobre lo que vivimos en etapas tempranas; tampoco se trata de sentirnos impotentes ante heridas tan antiguas que ofrecen imposibles de cambiar; más bien el objetivo es reconocer con honestidad de dónde vienen ciertas emociones y patrones, entendiendo que, aunque no podemos modificar lo que ocurrió, sí podemos transformar la manera en que nos afecta hoy.
El propósito de mirar hacia nuestro pasado emocional no es encontrar culpable, ni repartir responsabilidades sobre lo que vivimos en esas etapas tempranas; este proceso no implica quedarse atascado en la culpa, ni resignarse a cargar para siempre con el peso del pasado; es todo lo contrario, se trata de abrir un espacio de compasión y autoconocimiento donde podamos aceptar nuestras experiencias sin juicio y permitirnos sanar. Lo importante es comprender que el pasado puede haber dejado huellas, pero el presente nos ofrece la oportunidad de trabajar en nuestra sanación y bienestar sin quedarnos atrapados en la sensación de que nada puede cambiar.
Me conmueve profundamente pensar en cuántas mujeres adultas, responsables, esposas, madres, hijas de Dios se siguen juzgando a sí mismas por emociones que ni siquiera eligieron. Se avergüenzan de sus ansiedades, de su inseguridad, de su necesidad profunda de ser aprobadas o de sus reacciones exageradas ante un conflicto, pero ¿y si todo eso no comenzó con una decisión, sino con una impresión? ¿Y si su alma está simplemente repitiendo lo que aprendió cuando todavía era vulnerable y no tenía defensa? Tu cuerpo guarda memoria.
Hay una verdad silenciosa que la ciencia y la palabra de Dios no contradicen, sino que iluminan desde perspectivas diferentes, pero complementarias. La vida emocional se empieza a formar mucho antes de que aprendamos a hablar; desde el útero, nuestro sistema nervioso empieza a registrar experiencia, no como datos racionales, sino como memorias corporales.
Las memorias corporales son huellas emocionales que el cuerpo almacena a través de sensaciones físicas, gestos y reacciones e incluso cuando no hay recuerdos conscientes de los hechos; son impresiones profundas que permanecen en el sistema nervioso y pueden influir en nuestras emociones y comportamientos, que, aunque no podamos explicarlas con palabras.
La atmósfera emocional de nuestra madre se convierte en el primer lenguaje que nuestro cuerpo aprende en forma de memorias corporales; si hubo miedo, si hubo rechazo, si hubo amenazas constantes, si hubo gritos o tensión, todo eso quedó impreso, no en la memoria lógica, pero sí en la emocional, y el alma, aun sin palabras, lo recuerda.
La neurociencia revela que mucho antes de que podamos hablar o recordar, nuestro sistema nervioso ya está absorbiendo el mundo que nos rodea. Desde el útero, cada emoción materna, sea calma, miedo, rechazo o ternura, se convierte en un mensaje silencioso que nuestro cuerpo aprende a descifrar. Lo fascinante es que la Biblia, siglos antes de que la ciencia pudiera medir estas huellas, ya afirmaba que somos conocidos y acompañados por Dios desde antes de nacer.
Por eso comencé este capítulo en Salmos 139:16. Este conocimiento divino no es solo un consuelo espiritual, sino una validación de que nuestra historia emocional importa desde el principio. Reconocer que nuestras heridas pueden tener raíces tan antiguas no nos condena a la impotencia; la integración de estas dos perspectivas, la científica y la espiritual, nos enseña que, aunque no podamos cambiar el origen de nuestras impresiones, sí podemos transformar su impacto en nuestra vida.
La restauración profunda es posible cuando permitimos que tanto la verdad de la ciencia como la esperanza de la fe iluminen nuestro camino hacia la sanidad. Reconocer lo que nos condiciona no significa rendirse ante ello, sino dar el primer paso para liberarnos y construir una vida más plena, tomando responsabilidad por nuestro crecimiento y eligiendo cómo queremos vivir a partir de ahora.
El alma recuerda lo que tú no puedes explicar. He acompañado a mujeres que lloran, pero no pueden confiar; otras que huyen del amor porque sienten que no lo merecen; algunas que se sabotean cada vez que están a punto de lograr algo importante, como si el éxito fuera demasiado peligroso. Y cuando llegamos al fondo, no siempre hay una historia dramática o un trauma evidente; a veces simplemente hubo una ausencia, un abandono emocional, un silencio que las marcó más que las palabras, un plano emocional defectuoso que nadie revisó, como la casa que tenía ese suelo desnivelado, pero sobre el cual han construido toda su vida.
Cuando me casé con Otoniel, un día un vecino del apartamento de abajo al nuestro tocó la puerta bien dura. Yo comencé a temblar automáticamente y quedé paralizada. Otoniel se sorprendió, abrió la puerta, atendió al vecino y luego fue a ver qué me había pasado. Yo soy super extrovertida, no vivo movida por miedo, sino todo lo contrario, y ustedes me conocen.
En nuestra conversación detenida y llena de compasión por parte de Otoniel, que inmediatamente pude identificar que algo no estaba bien, entendimos que el día que se llevaron preso a mi papá, la puerta de mi casa había sonado así de fuerte. Mi mente lo asoció inmediatamente y la memoria de mi cuerpo se activó sin que yo pudiera racionalizar de antemano y detenerlo; mi alma de niña lo había registrado, mi diligencia de adulta me ayudó a identificarlo y a sanarlo.
Ahí comienzan muchos elementos de nuestra vida que necesitan sanidad; en mi caso, yo tenía en la memoria de dónde vino esa reacción; muchas personas no tienen esa situación, que la queja no está relacionada con una memoria; para unas personas puede ser una impresión prenatal y, aunque parezca muy injusto, la realidad es que las impresiones prenatales pueden condicionar el sistema emocional.
Lo que no recuerdas igual te condiciona; esa es una de las verdades más difíciles de aceptar, pero también más liberadoras, porque nos permite dejar de pelearnos con lo que sentimos y empezar a escuchar lo que nuestra alma está tratando de decirnos desde lo profundo.
Dios estaba ahí; aquí es donde la palabra de Dios se convierte en nuestra brújula y nuestra esperanza, porque lo que la psicología apenas empieza a explorar, la Biblia ya lo afirmaba desde hace siglos. En el Salmos 139. David escribe una de las verdades más íntimas y revolucionarias de la escritura: “Mi embrión vio tus ojos Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que luego fueron formadas sin faltar una de ellas”.
Mientras tú no habías nacido, no tenías cuerpo, ni conciencia, ya había historia, Dios ya estaba allí, ya miraba, ya registraba, ya tejía con propósito. Con esta conciencia quiere despertar en ti el asombro de que, al mismo tiempo en el que se podía estar realizando una experiencia limitante en ti, Dios estaba ahí contigo en lo más secreto, cuando aún eras un susurro en el universo. Antes de tener cuerpo, antes de tener conciencia, Dios estaba ahí, mirándote, registrando cada detalle, entrelazando tu existencia.
Tu vida no es una suma de azares, tú no eres una víctima de circunstancias que estuvieron fuera de tu control, tú eres una obra maestra tejida desde la eternidad; eso no desafía la lógica, sino que desafía el alma y nos invita a vivir con la certeza de que somos infinitamente valiosos y profundamente conocidos por Dios.
Si el dolor pudo empezar antes de la memoria, la redención también puede alcanzarnos hasta ese punto. Hay un Dios que no solo te ve hoy fuerte por fuera, pero temblando por dentro; hay un Dios que te vio cuando ni siquiera sabías que existías, que conoce el plano con que fuiste construida en tu sistema emocional, que estuvo ahí cuando tu alma fue herida en el vientre, que conoce cada impresión temprana, cada silencio marcado, cada susto que nadie pudo controlar.
Este mismo Dios tiene el poder de entrar a los cimientos, de levantar cada losa emocional y restaurar la base no con perfección humana, sino con propósito eterno. No necesitas recordar para ser sanada, solo necesitas permitirle al espíritu que te revele a tu alma con qué esconde en lo profundo. El alma no necesita que expliques, que entiendas todo, necesita que tú lo valides de manera correcta diciéndote a ti misma: “No estás loca, no estás rota, solo estás herida desde antes”.
Cuando entendemos esto, dejamos de castigarnos por las emociones y empezamos a preguntar con humildad qué parte de mí está pidiendo sanar. Muchas veces las inseguridades, miedos y reacciones que no logramos explicar tienen su raíz en ese tiempo donde solo sentíamos sin poder entender ni expresar.
Reconocer su existencia y realidad nos permite mirar con compasión esos lugares internos que aún necesitan sanidad y nos ayuda a comprender que no somos débiles, ni estamos defectuosos por sentir lo que sentimos; es el primer paso para dejar de juzgarnos y abrirnos a la posibilidad de una restauración que alcanza hasta lo más profundo y antiguo de nuestro ser.
Estos eventos llamados traumas preverbales, es decir, esas heridas profundas antes de que una persona desarrolle la capacidad de hablar o de formar recuerdos conscientes, no son solo una categoría clínica, sino una realidad espiritual. Esos eventos son ecos de heridas que no se pueden expresar en palabras, pero sí tienen consecuencias; esos eventos son la raíz de muchas decisiones impulsivas y muchos temores silenciosos y de muchas inseguridades que parecen sin causas y, aunque parecen heridas que estuvieron antes de que tuviéramos palabras, aún resuenan en nuestras emisiones, decisiones y relaciones.
Donde nadie llegó, Dios llega; y es aquí donde Dios quiere comenzar, en lo que nadie vio, en lo que no sabes explicar, en esa parte de ti que todavía se siente vulnerable, sola, confundida, aunque por fuera luzcas resuelta. Jesús dijo en Lucas 4:18: “El espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón”; no dijo a los conscientes, dijo a los quebrantados, y no importa cuán temprano haya ocurrido esa ruptura, su sanidad alcanza hasta el embrión.
Este capítulo no pretende explicarlo todo, pretende abrir una puerta, la puerta al reconocimiento sin culpa, a la conciencia sin juicio, a mirar tu historia con compasión, sabiendo que no se trata solo de lo que viviste, sino también de lo que absorbiste, de lo que tu alma interpretó como amenaza, de los planos invisibles sobre los cuales se construyó tu estructura emocional y si esos planos fueron defectuosos.
Hoy puedes empezar un proceso con aquel que conoce el diseño original, no para demolerte, no para avergonzarte, sino para redimir el inicio, para que no sigas repitiendo lo que no entiendes, ni cargando lo que no te corresponde, porque hay otra verdad más fuerte que la herida más temprana; mi embrión vieron tus ojos.
Dios ya estaba ahí, no eras invisible, no eras una casualidad, no eras el resultado de una atmósfera emocional, eras lista, eras tejida con intención, eras conocida antes de ser sentida por nadie más, y si fuiste conocida en lo profundo, también puedes ser sanada en lo profundo.
Ese es el final del capítulo #1. Le doy gracias a Dios porque hayas llegado hasta aquí, por haber podido leer con ustedes este primer capítulo que no es algo pequeño para mí, es profundamente personal; de hecho, les hice una historia de algo muy personal que me sucedió y es una de las experiencias que me dio luz a mí para escribir el libro.
Si estas palabras resonaron en tu corazón, es bien probable que este libro sea parte de tu próxima temporada de sanidad que Dios quiere regalarte. Quiero cerrar este episodio, no hablándote como autora, sino hablándote como una mujer que ya caminó el terreno que tú quizás apenas estás mirando. Este primer capítulo que acabo de leer para ti, que mañana está oficialmente en todas las librerías cristianas en Puerto Rico y en todos los países de Latinoamérica.
Este primer capítulo que escuchaste no lo escribí para emocionarte, yo lo escribí para desertarte, porque si algo deja claro SANA desde la primera página es esto: no repetimos porque queremos, repetimos porque no hemos sanado, repetimos relaciones, repetimos silencio, repetimos elecciones, decisiones que juramos que jamás íbamos a tomar.
Muchas veces repetimos incluso oraciones sin darnos cuenta de que seguimos pidiéndole a Dios que cambie de escenario, cuando en realidad él quiere es sanar el lunar desde donde decidimos.
Este libro SANA no te va a tratar a ti como una mujer débil, este libro SANA te va a tratar como una mujer responsable de su sanidad; aquí no vas a encontrar frasecitas para sentirte mejor por un rato, ustedes saben que mis libros nunca son así; aquí vas a encontrar lenguaje para encontrarte, vas a encontrar claridad para encontrar patrones que tú creías que eran normales, vas a descubrir cómo una mente no renovada puede sonar espiritual, pero seguir viviendo desde su herida.
Aquí tú vas a aprender que sanar no es borrar el pasado, sino no dejar de permitir que el pasado gobierne tu presente. En este libro SANA vamos a caminar juntas por tu historia, por tu cuerpo, por tu mente, por tus pensamientos, por tus vínculos y a tu futuro y no vamos a revivir el dolor, vamos a redimirlo, porque una mujer que sana ya no ama desde la carencia, ya no lidera desde la herida, ya no decide desde el miedo, ya no explica todo el tiempo, ya no se culpa por sentir.
Una mujer que sana vive con autoridad. Este libro no termina cuando tú cierras esa última página; este libro en realidad comienza cuando cierras esa última página porque vas a comenzar vida sin repetición. Ahí es donde tu historia deja de ser una carga y se convierte en mensaje; ahí es donde lo que dolió deja de perseguirte y comienza a servirte.
SANA no fue escrita para mujeres perfectas porque yo tampoco soy perfecta; fue escrita para mujeres valientes, para mujeres cansadas de sobrevivir espiritualmente, para mujeres que aman a Dios, pero que saben que algo dentro necesita orden, para mujeres que están listas para dejar de decir “porque siempre termino en el mismo lugar” y empezar a decir “esta vez va a ser diferente”.
Mañana este libro va a estar en las manos de muchas de ustedes y a mí me emociona grandemente. Cuando tú lo abras, no estarás comenzando solo una lectura, vas a estar asumiendo una responsabilidad contigo misma, porque lo que no sana se repite, pero lo que sanas te posiciona y tú, mujer, no fuiste creada para repetir ciclos, fuiste creada para terminarlos.
Te bendigo, creo que ha sido uno de los episodios más especiales de Mujer Podcast. Te pido que, si llegaste aquí porque alguien te lo compartió, todos los lunes tengo un nuevo episodio de Mujer Podcast; no todos los lunes leo capítulos de mis libros, hoy fue algo especial. ¿Qué te parece este primer capítulo? Quiero leerte en los comentarios, si ya tienes tu libro, si ya lo ordenaste, si ya lo fuiste a buscar a tu librería, si ya comenzaste a leerlo; me encantaría interactuar con ustedes aquí y yo las veo el próximo lunes en el próximo podcast.
Estaré firmando el domingo en la iglesia, firmando todos los libros.
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.
No Comments